Thursday, December 19, 2013

Relato vivencial: Cuarenta Grados Centígrados, adiós a la vida, de José Bullaúde.



COMENZÓ A DIALOGAR CON PARIENTES MUERTOS

Para su infección no había antibióticos. El pronóstico medico auguró “si a los 40º C no se baja la temperatura, morirá”.
   De su cuerpo semidesnudo, candente, aplastado sobre la cama, emanaban vapores. Luchaban contra su muerte, médicos experimentados y a la vez, amigos personales. También luchaban, cada uno a su manera, amigos y amigas de antes y de ahora. Algunos, además, eran hijos del corazón, pero no de la carne. Todos querían retenerlo.
   A los treinta y nueve grados centígrados, empezó a delirar en un mono diálogo sin fin, con parientes y amigos fallecidos. Narraba su infancia en una aldea de oriente, “viví el paraíso”, repetía suspirando.
   A pesar de los denodados, increíbles esfuerzos, no se pudo detener la fiebre. Llegó a los cuarenta grados centígrados. Hablaba poco, sólo palabras sueltas, estaba inmóvil, respiraba dificultosamente… dejó de respirar, pasaron segundos. ¿Cuántos? ¿Alguien lo sabe? ¡Cuántos, por favor! Tenía 80 años.
    Entre los presentes, hubo sollozos entrecortados, respiros de profunda resignación y también doloridos rechazos. Un denso silencio ambiental. Nadie supo cuánto tiempo dejó de respirar. Porque, súbitamente, empezó a recuperar la respiración lenta, dificultosa.
   ¡Milagro! La fiebre disminuye lentamente.
   Abundaron los “por qués” y los “¿qué pasó?”, pero la alegría fue mayor que la necesidad de indagar.
   Más allá de lo que se dijo, y de lo mucho que no se dijo, fue impresionante la cantidad de amor que la gente aportó para que un ser humano no los abandonara y siguiera acompañándolos en sus vidas.

HACE UNOS AÑOS, ÉL DECIA
-        En mi vida busqué la mutua adaptación con mis amigos.
-        De la amistad, hice un culto. Modelé, me modelaron. Enseñé, me enseñaron. Cuidé, me cuidaron. Amparé, me ampararon. Guié, me guiaron.

¿QUÉ PASÓ EN LOS SEGUNDOS DE PARO RESPIRATORIO? 
   Cuando su respiración se detuvo, una bolsa invisible en forma de huevo hecha de energía gravitacional, explotó. Contenía su cuerpo. Toda su vida lo había protegido y encarcelado, hasta el momento en que el huevo se abrió.
   Una energía distinta, potente, lo succionó llevándolo, sin escalas, hacia otro espacio, dimensión, o como sea que le llamen. No lo sabemos, no importa. Lo succionó.
Allí encontró una libertad desconocida. Comparó con los ochenta años de prisión (amor, protección, esclavitud) en el huevo terráqueo. Conoció las diferencias entre ellas. Viviéndolas.
    Estaba ahora en un espacio de más luz, paz y libertad total… era la ingravidez.
    Vio a gran distancia, una columna. Venía a tanta velocidad, que apenas llegaron, ya se fueron. Todo duró “cuatro segundos” (en horario terrestre). Pudo dialogar con algunos amigos, abrazarse con otros, bromear con vecinos, saludarse solamente con los no amigos, como si el tiempo del desfile hubiese sido de una “hora terrestre”.
   Se sorprendió de lo que le estaba pasando. Tanta velocidad en el trato con la gente, era para él desconocida.
   Estaba pensando en eso, el avance veloz se repitió. Pero esta vez, era él quien se desplazaba. De nuevo despidiéndose de cada uno, en no más de cuatro segundos terrestres. Tenía que acostumbrarse a esto, algo muy distinto a lo ya conocido. Su mente estaba muy lúcida comparada con la anterior.

EL PENSAMIENTO INDUCE LA ACCIÓN
  Contrariamente a la tierra, aquí los seres humanos no tenían cuerpo sólido, sólo cuerpo sutil. ¿Sería esa la causa de la gran velocidad? se preguntó. Ahora, podía pensar mucho más rápidamente.
   Apareció un grupo de personas que discutían. Hablaban todos a la vez. Pero no era un desorden, todo lo contrario. Hablaban uno con otro, como por canales separados, sin interferir. Cuando un nuevo interlocutor empezaba, no se interrumpía el dialogo con el anterior, continuaba sin ninguna interferencia.
   Él quiso hablar con ellos. Inmediatamente, un ruso en un nuevo canal le preguntó en un dialecto desconocido, si hacía mucho que había llegado. Él se admiró, porque sin conocer el idioma o dialecto, entendió lo que le quería decir. Le contestó inmediatamente con palabras “no hace mucho, hace poco”. El ruso puso mala cara porque no le entendía y se lo aclaró.
-        Con palabras, no. Con el pensamiento.
   Entonces él buscó cómo hacerlo. Lo consiguió y lo hizo. Empezaron a entenderse. Otra persona se incorporó al dialogo ¿problemas? No. Se estableció un nuevo canal y hubo un “triálogo”. Todos hablaban a la vez sin ninguna confusión, sin necesidad de traducción, no había ningún error. La comunicación de todos era fluida.
   Él descubrió que aquí, contrariamente a la tierra, el pensamiento induce la acción.

¿PALABRAS AQUÍ? PARA QUÉ…
   Estuvo con personas que vivían en una especie de aldea, no como las que él conocía, distintas. Vivian su vida diaria. Bueno, lo que él interpretó que era su vida diaria: iban, venían, transportaban cosas, conversaban.
   Fue a otro lugar, una ciudad con mucha gente. También gran interacción, muchos comunicantes, pero no caos. Notó que en diversas situaciones intervenía la voluntad.  Pero acá, era una voluntad sutil. En la tierra, hubiera sido una voluntad pesada. Aquí, por lo que había visto, todo era menos denso que en la tierra.
  Quiso saber más de la aldea con gente que parecía cultivar la tierra. Tuvo problemas con las palabras. La palabra “cultivar” no correspondía a la realidad, porque vivían de la tierra, no la trabajaban. También, la palabra “vivían” quizás no era correcta, porque estaban unidos a la tierra como una planta al suelo. Pero no era suelo, no era planta, no era una unión conocida por él. Era otra unión, ¡claro! era otra realidad. Para la cual no encontraba equivalentes en el lenguaje humano que él utilizaba. Entonces, decidió adaptarse a la nueva realidad. Si aquí no hay palabras, ¿no las buscaría? Fácil es decir y difícil es hacer. Después de ochenta años de vida, permanentemente con palabras, las extrañaba y sentía su vacío. Pero aquí el pensamiento carece de palabras. Aquí pensar es inducir a la acción.
   Sin tener nada que ver, me asaltó una duda. En la Biblia, Dios dijo “hágase la luz”. Pero la situación pudo haber sido igual que la de aquí, el pensamiento inducia la acción. Teniendo en cuenta, , en ese momento, no existieron todavía las palabras. Porque según la Biblia, la palabra empezó a existir cuando Adán y Eva le pusieron nombres a los animales y todo lo creado. Dejo la duda en manos de los especialistas en estudios bíblicos. El pensamiento de Dios indujo la acción de “hágase la luz” y se hizo la luz.

ENERGIA y  MATERIA.  NO HAY DUALIDAD.

    Estuvo en las altas cumbres con andinistas. El frío era mortal, pero él no lo percibía. En el llano hacía calor. Tampoco lo percibió.
   Intentó una experiencia, imposible en la tierra. Estar en los dos lugares distintos al mismo tiempo. No terminó de pensarlo y estuvo ya en las frías cumbres y en el caliente llano. Pero no tuvo necesidad de separarse en dos. La misma persona gozó levemente de la plenitud del aire del llano y levemente, también, sufrió la escasez del aire de la alta montaña, simultáneamente.
    Quedó sorprendido, maravillado. Lo que en la tierra era contradicción “No puede una persona estar en dos lugares distintos al mismo tiempo”, no era cierto aquí.  ¿Podría él encontrar una explicación? Sí, había encontrado una.
  Estaba muy atrapado por su descubrimiento, cuando sintió un golpe fuerte. Era como de un trueno deslizándose por un largo túnel. 
  Lo distrajo, pero inmediatamente volvió a lo que lo tenía atrapado…
  El golpe se repitió. Ahora, le sacudió todo el cuerpo.  El trueno se transformó en  latido y el latido tomó el ritmo cardiaco. La capsula en forma de huevo con energía gravitacional, se estaba cerrando. Con él adentro.
   Un túnel largo en el cual latía un corazón, lo fue tragando.  Nuevamente, está en el punto de partida.
  Empezó a sentir el peso de la gravitación terrestre... protección y cárcel.
Escuchó exclamaciones jubilosas, “¡está bajando la fiebre… se salvó! ¡Milagro!” Respiró con dificultad.
   Pero él añoraba fuertemente la libertad anterior. No quería que lo sacaran de su mundo. Quería volver a él. Lo intentó. No podía.
   Lo sacuden… no quiere, le molesta. Ellos están eufóricos, quieren recuperarlo. Ve a sus amigos locos de alegría, los mira con piedad. Pensó – ¿Por qué quieren que vuelva a esta realidad oprimente? –
   Bajó la fiebre. La cápsula en forma de huevo, con energía terrestre, terminó de chuparlo y se cerró. Ahora sí, “la protección y la cárcel”. La gente contenta, lo abrazó. Él no tuvo más remedio. Agradeció. Los médicos exhaustos sonrieron, le llamo la atención. Los hijos del corazón lo abrazaron con lágrimas en los ojos.
   Como si las aguas de su rio volvieran a sus orígenes, él empezó su retorno a la vida. Uniendo pasado y futuro en un presente.  En el otro mundo no había materia, es decir, no había cuerpo. No había muerte. No había vejez. No había dolor.  No había enfermedades. Las aguas de su  rio que regresaban, le mostraban a sus amigos luchando por amor para traerlo de vuelta a la vida.
  El otro mundo perfecto, era atrapante. Aquí empezó a descubrir en ellos, el amor. Empezó a descubrir en ellos, un amor antiguo.  Había vuelto a la cárcel terrestre. El otro mundo era perfecto. Este no. Pero aquí, pudieron unirse los “yos” y los “tus” y crear un “nosotros” por amor. Allá no hay amor y no lo habrá nunca. El amor allá no existe. Aquí sí.
  Aquí el amor no es perfecto, pero se puede perfeccionar. Las aguas de su rio lo volvieron a su infancia. Y desde allí inició una nueva vida creada por sus amigos con amor. En ellas, vivía el retorno de su muerte.

ESTUVO UNOS SEGUNDOS SIN RESPIRAR

   Sus amigos le pidieron que le contaran lo que le pasó. Pero lo vivido eran pedazos sueltos, sin estructura. Era necesario organizarlos en secuencias.
  Mientras él les contaba, ellos lo escuchaban embelesados. Al terminar, la pregunta general fue ¿Si tuvieras que elegir, entre los dos mundos, con cuál te quedarías? ¿CUÁL SERÍA TU DECISIÓN? Su respuesta fue sin ninguna duda, “me quedo en este mundo porque aquí hay amor. Allí no hay y nunca lo habrá”.

Un sueño y algo más

  Anoche 18 de Abril de 2012, soñé con Daniel Alberto Dessein quien me dijo:
-        Tenés que escribir esa experiencia de tu regreso de la muerte. Pero como cuando la contás. No como cuando la escribís, que te sale sin vida.
  Daniel Alberto Dessein fue uno de mis amigos de toda la vida, el más entrañable. La amistad con él fue profunda, creadora y muy generosa de su parte. Hace poco murió. Con él perdí la posibilidad de nutrirme con la energía de nuestra juventud, que la recuperábamos al recordar juntos lo que habíamos vivido. Ya no la tengo, pero esa amistad continúa con su maravilloso hijo Daniel.

   No sé, verdaderamente, qué pasó anoche. Pero esta mañana me desperté y tenía en la memoria el texto escrito con puntos y comas. Lo que está en estas páginas, es el texto exacto que vino con el sueño. 


JOSE BULLAUDE

Wednesday, December 18, 2013

Monday, November 04, 2013

Friday, November 01, 2013

Monday, September 30, 2013

Saturday, September 28, 2013

Friday, September 27, 2013

Thursday, September 19, 2013

José Bullaúde y sus relatos vivenciales






 Nuevamente traemos un relato del escritor argentino José Bullaude, quien a sus 94 años aún continúa escribiendo activamente y deleitándonos con su narrativa singular e interesante a través de la cual comunica a sus numerosos lectores vivencias experimentadas a lo largo de su fructífera historia de vida. Poetry and Painting blog, tiene el honor de presentarles hoy:



Breves palabras del Autor:

Lector amigo:
En mi juventud participé en el “romanticismo literario” y también viví intensamente el “romanticismo existencial”. A los 95 años, para despedirme de ambos, escribí este cuento que te traigo. Si querés decirme algo, me gustaría y te lo agradeceré.
Un abrazo,
Pepe





UN AMOR ETERNO, IMPOSIBLE


JOSÉ BULLAUDE



Enamorado del amor

Se sentía acosado por cambios emocionales y vitales. Era un puñado explosivo de emociones románticas. La selva tucumana le permitía vivir experiencias panteístas, de fuerte unión mística con la naturaleza. Adicto a la lectura. Temible polemista, porque su padre desde pequeño lo obligó a fundamentar sus opiniones. Se llamaba Pedro Albarracín Frías. Tenía 18 años, nada más y nada menos.

Llegó la amada ideal

Ella era profesora en un colegio secundario, en el cual causaba admiración, como en todos lados, la belleza italiana de su rostro que evocaba a las mujeres pintadas por el Renacimiento. Además en el mismo colegio, paseaba su cuerpo escultural por los pasillos, con movimientos de bailarina moderna. Siempre lejana, codiciada por los varones, envidiada y odiada por las mujeres pero adorada por los alumnos. Se llamaba Alicia Fidani y tenía 24 años.
“La literatura, decía debe ser incorporada a la vida”. Por eso en sus clases los alumnos discutían entre ellos y con ella también. Su materia era Literatura Iberoamericana.
Pedro fue su alumno en el último año, quinto. Se enamoró locamente de ella.
Aprovechó la posibilidad de discusión con la profesora para declararle, mientras discutían, su profundo amor. Para ello tuvo que descuidar las otras materias, las descuidó. Estudiar literatura en textos universitarios, estudió. Y dormir solamente dos horas diarias, lo hizo. Y hasta pasó noches sin dormir.
Él, discutiendo con la profesora, fantaseaba que sus ingeniosas conclusiones, sutiles y amorosas, eran un progresivo camino hacia la conquista de su amada. Su fantasía adolescente, no tenia limites. Él sospechaba, por ciertas actitudes, que ella  le correspondía.
Cuatro días antes de terminar las clases y para que la profesora no se fuera sin saber lo profundo de su amor, escribió una carta “a la amada ideal”, declarando directamente y con todas las letras, su amor sagrado.
Súbitamente todo terminó. Al día siguiente, no más discusión. El trato lejano con él y todos los demás, se impuso. Así concluyó el ciclo anual. Terminaron las clases y Pedro nunca más volvió a ver a Alicia, el gran amor de su vida.
Ella, quedó siendo una herida profunda en su  corazón. Él recurrió a la energía de la selva tucumana, buscando alivio para su dolor. La selva enjugó sus lágrimas y reparó, en parte, sus heridas. Para Pedro, Alicia había sido la amada ideal que el destino había puesto en su vida.
Llevando a Alicia en lo más hondo de su corazón, Pedro tuvo que ir a Córdoba a trabajar en  la prospera empresa de su abuelo “Editorial Mediterránea”, emporio editor de libros y revistas para Argentina y América Latina de fuerte peso económico en el mercado.  “Debía conocer su  funcionamiento y conducción. La intensión del abuelo era dejarlo a cargo de la empresa. Él rápidamente se ubicó en la situación y al cabo de diez años, ya su abuelo venia de visita.
Diez años después

En el clausurado coche comedor del tren El Serrano (Córdoba-Buenos) había solamente una mujer que leía “El extranjero” de Albert Camus. Aparentaba menos de cuarenta años, aspecto distinguido, ojos verdes y larga cabellera rubia. 
En el otro extremo del  largo comedor abrió la puerta, decidido, Pedro Albarracín Frías. Vestía con pulcritud, aparentaba treinta años.
Avanzó intrigado hacia la mujer que leía. Le pareció conocerla, pero no, no podía ser, seria demasiada coincidencia. Le recordó a su profesora de la secundaria. Aceleró el paso y se aceleró el ritmo de su corazón.
Levantó la vista del libro y lo vio venir. Era él, ya hombre. Pero conservaba sus encantos de adolescente. Recordó sus inteligentes aportes literarios, su habilidad para discutir y sobre todo su capacidad de manejar las palabras, de tal manera, que hablando de un escritor le dijera que la amaba. Todavía recordaba su inteligencia, su creatividad y su apasionado amor por ella.
Pedro la vio muy parecida. Podría ser ella.
Disculpe, ¿usted es la profesora Alicia Fidani?
¿Usted es Pedro Albarracín Frías?
La casualidad los reunió, la sorpresa los retornó diez años atrás, a un tiempo, para ellos detenido, que ahora volvía cuajado de recuerdos.
¿Se acuerda de mí entre los cientos de alumnos que pasaron?
Pedro, un alumno como usted no se olvida jamás. Lo dijo con convicción y cierta nostalgia de algo lejano que debería volver.
Emergió un silencio denso, antiguo y profundo. Vibró entre ellos el fulgor de hechos compartidos, raíces profundas los nutrían.
Dirigiéndose a Alicia con gestos, porque le costaba hablar, preguntó si podía sentarse en su mesa. Ella, contestó que sí.
Profesora, yo hoy creo en los milagros. Esto es un milagro.
Ella lo miró lenta, pausadamente. Luego con voz segura le dijo:
Pedro, usted como alumno fue un milagro. Y se quedó mirándolo en silencio.
Un silencio que hablaba de muchas cosas vividas. Ese silencio resucitó en él gran parte de lo que habían vivido juntos.
El Pedro de los 18 años necesitaba y pedía protección. El Pedro de ahora era un completo protector. Constató ella, feliz.
   Él no podía, regresando al pasado, asimilar tantas emociones. Un pasado donde Alicia y él, habían vivido. El amor, la duda y el deseo juntos. Pero ahora todo se volvía hermoso, radiante y jubiloso.     
¡Perdón profesora!
Ella lo interrumpió:
Profesora no, Alicia.
Alicia, ¿podemos tutearnos?
   Él quería tutearla, pero no se animaba, no podía dejar de ser el alumno. Tuvo que decirlo impulsivamente. Después que lo dijo, se quitó un gran peso de encima. Ella contestó con entusiasmo:
Sí.
Perdóneme, dijo él.
Perdoname, corrigió ella.
Por fin, en ese momento los recuerdos y las vivencias, volvieron en tiempo jubilosamente  recuperado. Tiempo del amor que ahora podían vivir.


El secreto del amor

Disponemos de poco tiempo y quiero aprovecharlo para aclarar muchas dudas de mi vida. ¿Puedo? dijo Pedro.
   No tengo problema.
  ¿Te diste cuenta el amor de locura (le temblaban las manos) que yo tenía por vos?...
   ¡Pedro, faltaba que lo escribieras en las paredes! todo el mundo se daba cuenta. Para mí eso era lo de menos. Porque estaba fascinada por tu amor. Me enloquecías vos. Pensá, agregó ella, ese hermoso ser humano, todavía limpio, puro, diciéndome que me ama, buscando la forma indirecta para declararme su amor, con sus geniales creaciones.
Ahora sabia, ahora se enteraba… ella sintió un gran amor por él.
   Cualquier mujer podría sentirse plena y orgullosa de un amante como vos.
   Alicia ¿Supiste lo que fuiste en mi vida? – decía ansioso, entrecortado  y repitiéndose– Tenés que saber, que llevado por tu amor, yo llegué a Dios. Con vos tuve las más altas experiencias humanas y místicas que puede tener un hombre enamorado.
  Pedro, yo me di cuenta de todo. Tu amor fue único porque vos me amabas a mí. En cambio, el común de la gente cuando se enamoran, se aman a ellos mismos. Son amores egoístas. Te entregaste en alma y cuerpo.
   Perdoname Alicia, ¿vos sentías en el cuerpo, como yo, nuestro amor?
   Pedro querido… tus palabras y todo lo que decías me erotizaban. Yo también sentí tu gran amor en mi cuerpo.
¡Esto aclaraba, en gran parte, las acuciantes dudas de Pedro!  Se quedó inmovilizado. Todo lo que él había sentido, también lo sintió ella. Con sus raíces conmovidas, él la miraba. Solamente la miraba… y también ahora podía mirarse a sí mismo en las profundidades misteriosas de sus sentimientos. 

Ella con dulzura le dijo:
¿Te acordás de este verso?
“el secreto del amor se expresa en lengua de los hombres ignorada”
   ¡Sí, me acuerdo! era para decirte que mi amor no podía expresarse en ninguna lengua humana y también para mostrarte mi erudición y deslumbrarte. El poeta es Omar Hayam, un persa poco conocido entre nosotros, pero yo lo admiro.
Pedro, siempre fuiste genial... sos único. Un milagro.

La carta

  En la vida de Pedro, como la de muchos seres humanos, se daban momentos cruciales que marcan a fuego sus vidas. Para Pedro ese acontecimiento fue la carta que envió a Alicia. No supo si la había ofendido, qué le pasó y por qué su carta determinó el final abrupto de todo.
   Este era el momento para aclarar el punto crucial. Por eso, dirigiéndose a Alicia, le dijo:
  Alicia, es muy importante para mí lo que te voy a preguntar. Hizo una larga pausa para comprobar la actitud alerta de ella. 
    ¿Recibiste mi carta? ¿La leíste?… con evidente ansiedad esperó la respuesta.
 ¡¡Sí Pedro… la recibí… y la leí!! lo que decías en ella me perturbó tanto que estuve dos noches sin poder dormir. Tuve que suspender las discusiones y no dirigirme más a vos, por miedo a que yo hiciera alguna locura. Siempre esperé que las locuras las hicieras vos, por adolescente.
    Pero tu carta me trastornó. Me convirtió en una adolescente enamorada. Pedro... yo también te amé locamente. Pero yo sabía que  era un amor imposible. Si hubiéramos hecho algo, a mí me hubieran echado del colegio y a vos también. En Tucumán, hubiéramos sido el gran escándalo y para seguir viviendo juntos, tendríamos que irnos a otro lado. Pedro, todo eso fue muy hermoso. Pero nuestra vida en común, era imposible.
   Una gran calma fue apoderándose de él. Su duda existencial estaba aclarada y su espíritu tranquilo, Pedro pudo descubrir que él había vivido ese gran amor solamente como romance. Ella, en cambio, necesitaba un hogar.
   Estaban viviendo el milagro de ese encuentro que conmovió sus almas. Él sintió algo como si fuera una sed.
Necesito una escapada a la selva, ¿venís conmigo? dijo él.
Si es la de tus catedrales verdes, sí. Dijo ella.
Él: Toda la catedral no, una nave, sí. Es de altísimos y añosos arboles en una larga galería húmeda, penumbrosa, donde la vida palpita. La luz del sol espejea en las alturas.
Ella: Un ruido lejano, potente, de algo enorme que cae, espanta y provoca pánico, gritos. Luego la calma, retrae la presencia de los que no murieron.
Él: Gruesas lianas con plantas y flores aéreas, pendulan lentamente en el aire húmedo.
Ella: Colibríes de todos los colores. Vuelos enloquecidos y rítmicos a la vez. Colores impresionistas que vuelan velozmente, se detienen súbitamente. Se disparan hacia arriba… hacia abajo....
Él: Sonidos que pueblan el aire, remolinos de plumas musicales. La música está en el aire.
Ella: Rumor de aguas recorriendo caminos desde el Génesis. La eternidad fluyendo en las aguas de la montaña.
Él: Enormes piedras cubiertas por hongos de colores disimiles. Pero aquí armonizan.
Ella: El agua se desliza sobre las rocas, aviva el color de los hongos que cambia cuando el agua los penetra.
Él: Sensación de útero enorme, vida y muerte conviviendo. Resurrección, misterio que atrapa.
Volvamos, dijo ella.
¿Casualidad o destino?
   Pedro sentía la necesidad de preguntarse  ¿Nos encontramos de casualidad? ¿O alguien hizo que nos encontráramos? ¿O qué? Se preguntó Pedro en voz alta.
No sé, no me había hecho esa pregunta.
Mi admirado persa Omar Hayam, tiene un poema que responde a nuestra inquietud, por supuesto, desde su filosofía de la vida.
Nosotros, piezas mudas del juego que Él despliega
sobre el tablero abierto de noches y de días,
aquí y allá las mueve, las une, las despega,
Y una a una en la Caja, al final, las relega.
Bellísimo, pero fatalista. Me atrae, pero me espanta. Comentó Alicia.
Según el persa, estamos en manos de Dios que decide nuestro destino.  “Somos nada más que piezas”
Pedro, ¿este encuentro estaba ya esperándonos en nuestra vida desde hace diez años? sigue siendo hermoso pero no es para mí, dijo ella.
Hay hechos que me inquietan. Por ejemplo, viajo rutinariamente todos los martes a Buenos Aires. Estoy viajando hoy lunes y no mañana martes, porque un imprevisto en la empresa, me obligó a cambiar de día. Además falta una hora y media para que el tren llegue a Retiro. El comedor ya no atiende. Yo nunca vengo al comedor cuando está cerrado. Hoy, no sé por qué, sentí la necesidad de venir, como si alguien me empujara. Sin dudas fue un impulso, extraño a mí, que me manejaba. Me obligó.
Alicia:
Yo vine al comedor porque solamente aquí podía leer. 
Se quedaron pensando. Él necesitaba saber más:
¿Es pura casualidad nuestro encuentro? ¿El persa tiene razón? Hubo muchas circunstancias que fue necesario juntar para este encuentro. ¿Alguien lo hizo?
Estoy confundida, los hechos son interrogantes abrumadores, dijo Alicia.
Pedro:
Es la gran pregunta de la humanidad ¿está todo predeterminado o hay libre albedrio?
Y los dos se quedaron en silencio. ¿Casualidad o destino? Quizás nunca lo sabremos.
Diez años estuvimos separados. Ahora estamos juntos, dijo Pedro con un tono que finalizaba las dudas.
¿Puedo acariciarte? le preguntó con ternura.
Ella con un gesto de amor y entrega:
Sí.
Acarició suave, amorosa y lentamente sus cabellos.  Las palmas de sus manos se deslizaron sobre sus mejillas. Bajaron acariciando muy lentamente su cuello, sintiendo en la yema de los dedos, el pulso de la mujer amada. Sus dedos, alertas y plenos de amor, acariciaron sus senos. Hubo un misterioso renacimiento de sensaciones plenas, ancestrales sentidas en los pezones erectos que expresaban su fervor erótico. Alicia respiraba lenta. Él tomó su cabeza entre sus manos. Alicia, tímida, le pidió un beso en la frente. Parecía tener miedo al calor erótico y abrazante que brotaba de los cuerpos. Pedro con pasión y también la necesitada ternura, le dio el beso pedido.
Puso suavemente sus labios sobre los de Alicia, regresó diez años atrás dispuesto a morir o nacer de nuevo ¡No importa! La besó, besó, besó. Introdujo la lengua en su boca. Ella sintió la virilidad de Pedro, despertó los dormidos llamados de la carne aletargada. Ahora con los cuerpos unidos, con las lenguas entrelazadas, era por fin un amor corporal. Las palabras empezaron a vivir y proclamaron emociones corporales, vitales y poderosas.
Habían regresado al colegio, habían regresado al amor de locura de la adolescencia de Pedro. El amor ideal estaba tomando forma en dos cuerpos vivos. Ya no en una situación imaginaria, sino real, ardiente.
Él detuvo el inexorable camino hacia la explosión carnal. Estaban inmersos en una energía cósmica (más allá de lo conocido) que podría transformarlos sustancialmente.  Pero para él bastaba con que la mujer de su vida, Alicia Fidani la amada ideal, estuviera unida a él en ese instante, en un amor pleno, soñado antes.
Ella en él, sentía la virilidad y la fuerza que el adolescente no hubiera logrado. Era distinto, pero todo era hermoso.
Alicia empezó a sentir miedo. Miedo a perderse o destruirse en las olas de placeres abrazantes que Pedro podía provocar. Ir retirando su boca, con dolor dijo:
Paremos acá.
Él, resignado:
Paremos aquí.
Si voy no volveré
Dos días después, a las 5 de la mañana, sonó el teléfono en la habitación del hotel.
Pedro, soy yo mi amor, es la única hora en la que puedo hablar, sin que me oigan.
   No puedo ir.  No debo ir. Sos el hombre de mi vida. Tengo 2 hijas a las que adoro y un marido que me quiere y me cuida. Si voy, estoy segura que dejaré todo para quedarme con vos y no volver… ¡no puedo! En el colegio era imposible porque si yo me hubiera ido con vos, toda la ciudad me hubiera repudiado. Ahora seré culpable por abandono del hogar.
   Tenés que saber, mi alumno único, que nunca te voy a olvidar. Me quedo con tu carta grabada en el alma y me quedo, también, con el encuentro en el comedor del tren. Sos el único hombre de mi vida, no va a haber otro más, pero desgraciadamente siempre apareciste en el momento que no correspondía. Antes no pudo ser y ahora tampoco.
Empezó a llorar con mezcla de llanto y queja, como lloran algunos primitivos, cuando pierden un ser muy querido. Él se quedó en silencio hasta que ella cortó.

Este cuento está dedicado a Jennifer Moore. Antigua amiga que conocí ayer, a quien debo tanta vida en esta etapa final.


José Bullaude
Bs. As. Argentina
Septiembre 19, de 2013


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Wednesday, September 04, 2013

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Wednesday, June 12, 2013

José Bullaúde en Relatos Vivenciales: El día que la Eulalia lloró

La Eulalia fue una de las mujeres más importantes de mi vida. Me vio nacer, me crió. Fue mi segunda madre.
   Fue una india Huarpe, que un día vino desde la montaña, habló con mi madre para ver si había trabajo. Terminó siendo un miembro más y muy querido de la familia. Ella llegó con “La Eulalia” puesto. Cuando le preguntaban, su respuesta era siempre la misma: “Me llaman la Eulalia”. Era una mujer corpulenta, pero muy femenina. Fuerte, pero al mismo tiempo elástica… para qué voy a seguir describiendo sus cualidades… para mí era perfecta.
  Eso sí, era emocionalmente inconmovible, pero conmigo se derretía. Éramos compinches, me protegía y me permitía hacer “indiadas”, (cosas que hacían los chicos de los indios guaraníes). A mi madre no le gustaban, pero al final cedía. La Eulalia la convencía de que su padre, sabio, le había dicho que eso era bueno para los niños.
  Lo que voy a narrar, es un episodio de mi vida a los seis años. Ocurrió en el campo de Tucumán. En el ingenio “Los Ralos”. El recuerdo es lejano pero vivo.
  
  Cerca de nuestra casa pasaba una acequia de aproximadamente 60 cm de profundidad y 6 metros de ancho. El agua era turbia y traía todo lo que uno se podía imaginar. Mi madre no quería que entrara en la acequia. En cambio, la Eulalia decía:
_ Niño, no trague el agua, no se moje los ojos ni las orejas. Así el agua no le hace daño y hasta podría hacerle bien_  Precisamente, el día al que me estoy refiriendo, yo quería entrar a la acequia. Ella me dijo:
-       _  Sí, niño, pero no se puede nadar_
Era un día de enero a las 10 de la mañana. El calor sofocaba, se respiraba un aire que era como vapor de agua y además el sol quemaba tanto que parecía que iba a derretir las piedras. La Eulalia llevándome de la mano me dejó en la acequia. El agua parecía que iba a hervir, pero comparada con el ambiente, me reconfortaba. La lenta corriente que me masajeaba por ambos costados me hacía bien. La Eulalia, mientras yo caminaba lentamente en el agua, me observaba desde la sombra de un árbol.  Pasaron ramas, una de ellas llevaba una víbora enroscada, después apareció un sapo sobre un terrón de musgo. Para mí, nada de eso era raro. Vino también una simpática rana en un montículo que pasaba delante mío, estiré la mano para tomarla. Ella más rápida que yo, con un salto que envidiaría más de un campeón olímpico, se tiró al agua. Y se fue dejándome con la mano tendida.
 La Eulalia desde la orilla me hizo un gesto de resignación. Esta mujer conectó mi infancia con las maravillosas leyendas de la América precolombina. También me fascinó con los cuentos ancestrales de su tribu y las leyendas tucumanas.
De pronto a la distancia algo grande, poco común, venía flotando. Me llamó la atención.
Cuando ya estaba cerca,  sentí que me atrapaba: era un caballo muerto. Nunca había visto un caballo muerto. Este caballo flotaba en el agua, con sus patas rígidas, quieto, sereno. Me conmovió. Lo vi avanzar lentamente hacia mí. Con sus ojos vidriosos resplandeciendo como gemas, como si una luz especial le brotara desde adentro. Sus crines, flotando, se enrulaban y desenrulaban, movidas por el agua, enroscando a veces las orejas y otras semejando figuras que bailaban.
No pude resistir la necesidad de acariciar su cuerpo. Puse mis dos manos sobre su panza hinchada. La sensación de esa piel que estaba ahí, entre la vida y la muerte, sacudió mi cuerpo. Sentí la necesidad interior de acariciar sus crines. Pero era gelatina entre mis manos. Entonces preferí mirar sin tocar. Su cola flotaba ondulando lentamente en el agua.
Un giro que hizo el caballo mientras avanzaba, cambió la posición de la cabeza y le abrió la boca… vi horrorizado que casi no tenía dientes. Me acordé de lo que tantas veces me habían contado: al caballo viejo hay que matarlo, ya no trabaja, no sirve para nada. Lo mataban para no gastar en alimentos. A este caballo viejo lo habían matado y tirado a la acequia para que el agua se lo llevara lejos y no se pudriera cerca de la casa.
Sentí que me faltaba el aliento, que el corazón me golpeaba en la cabeza. Lo habían matado porque era viejo. No pude más y me largué a llorar.
La Eulalia desde la orilla supo todo lo que me estaba pasando. Con su mano me ayudó a salir de la acequia y me dijo, mientras me levantaba en cuna con sus brazos:
_   Niño, no sufra más. Usted tiene el corazón muy blandito, va a sufrir mucho..._
Me apretó contra su pecho. Sentí una gran paz. Ahora veo, a los 92 años, lo que La Eulalia fue en mi vida.
Mientras me llevaba hacia la casa, dijo en voz baja, va a sufrir mucho, va a sufrir mucho…
Levanté la vista y descubrí que los ojos de la Eulalia lagrimeaban. La dura,  la que nunca había llorado, ese día lloró.

José Bullaúde


Tuesday, June 11, 2013

Thursday, June 06, 2013

Monday, May 27, 2013

Thursday, May 23, 2013

Tuesday, May 21, 2013

TENDIDO FRENTE AL BOSQUE, DE PASTOR AGUIAR

Ancile: TENDIDO FRENTE AL BOSQUE, DE PASTOR AGUIAR: Para la sección de narrativa y los seguidores habituales de nuestro blog Ancile, un nuevo relato del escritor habitual (y amigo perpetuame...

Thursday, May 09, 2013

José Bullaúde desde Buenos Aires y sus Relatos Vivenciales


  

NO ESTÁ MUERTA NI VIVA

Hoy 14 de Marzo de 2009, ella cumple 85 años. Vine a verla, tiene el mismo rostro de mujer distinguida de antes, con algunos rastros del paso de los años. Sus ojos no tienen el brillo pícaro que la caracterizaba. Tampoco su cara muestra las expresiones de alegría o de tristeza.  Estática, sentada.  Me mira sin verme.
-Querida, feliz cumpleaños.
Ella me mira sorprendida.
- ¿Sos mi hermano?
- No, soy Pepe.
No registra mi aclaración, la boca ligeramente entreabierta.
La señora que la cuida se acerca y me dice:
- Don Pepe, basta, no sufra más. La señora no lo reconoce y agrega:
- El clínico dice que está sana, tiene todavía larga vida pero neurológicamente está deteriorada.
Me voy muy triste, rememorando nuestra vida pasada.
Es ¿o tendría que decir era? una mujer que hasta los sesenta años rompía corazones: bella, inteligente con renombre en el mundo artístico y político y muchas, muchísimas otras cualidades de valor humano y social.
Fue una amiga del alma para mí. Un amor mutuo que el tiempo ahondó, logrando que mi cuerpo se transformara en nuestro cuerpo, transmutados.
Un día, puso en práctica su enorme posibilidad de mover acontecimientos y personas. Se trataba de sacarme de un hospital a las 3 de la mañana, donde yo estaba tirado en el piso sobre una colcha, empapado por la lluvia. Ella, y solamente ella, lo haría: consiguió a las cuatro de la mañana, la ambulancia del Gobernador de la Provincia de Buenos Aires con su chofer y me trasladó, acompañándome hasta un sanatorio de la Ciudad de Buenos Aires.
 Fuimos “carne y uña” (uno totalmente para el otro) en las buenas y en las malas circunstancias.
Esta triste historia empezó un día en el cual se cayó en la vereda… le echamos la culpa a las veredas rotas de Buenos Aires. Luego otra caída…Y otra…. Ahora el diagnóstico es Parkinson avanzado.
No quiero, como muchos, hacer preguntas obvias y tontas.
Esta es la realidad. ¿Pero dónde está ella, ahora? ¿Aquí, o en dónde? Porque esta vida vegetativa no es vida. Y tampoco es la muerte. No se sabe cuánto va a vivir. Y mientras tanto las preguntas, una detrás de otra, todas sin respuesta, todas dolorosas me acosan, me duelen, no me dejan en paz.
¿Vos sabés cómo me duele lo que estoy escribiendo?

Un año después
  
I
Hoy 14 de Marzo 2010. El año pasado, en esta misma fecha ella cumplió 85 años, la visité en su casa. Hoy cumple 86, está en terapia intensiva, en estado muy grave en el Sanatorio España. El Director del sanatorio me dijo:
- Está muy grave. Pero “si hay vida hay esperanza”.
Pienso:
- ¿con tanta, y tan compleja tecnología digital, tan cara, esperanza se traduce por lucro, ganancia económica para las empresas. ¡Dios mío! ¿por qué no dejan que la gente muera en paz?. Esperanza se ha convertido en ganancia. Ganancia y esperanza son una sola palabra. Cuanto han denigrado el lenguaje.

II

Estoy en mi dormitorio a oscuras, oigo llantos y risas que vienen por el pasillo hacia la puerta. Me  resultan familiares. Como hago siempre, cuando me despierto de noche, miro el reloj: 4:30 de la madrugada.


Las risas y llantos  ya están retumbando en mi puerta. La puerta empieza a vibrar. Siento miedo, pero decido esperar.
 Las risas y llantos ya están definidos. Son de ella, la mujer en terapia intensiva. Me conmueve con placer y me asusta a la vez… sin duda es ella. La puerta empieza a diluirse y su figura, lentamente, ingresa a la habitación. Viene con una túnica amarilla, una sonrisa feliz. La cara es de una mujer bonita de 30 años. Avanza lentamente hacia el borde de mi cama, como deslizándose en el aire. Se acerca, se detiene. Me mira intensamente. Empiezo a sentir algo raro en mi cerebro, siento como si fuera a estallar. Pero no es doloroso, ni traumático, simplemente parece que mi cerebro estuviera cambiando y mientras ese cambio se produce (y la miro a los ojos) pasa algo…. Empiezo a entender lo que me está diciendo y también siento lo que me transmite emocionalmente. Me habla sin palabras, sin gestos y yo entiendo todo. Noto que mi cerebro está cambiado, como sin peso, como si estuviera compuesto de aire y suspendido, sutil.
Rápidamente iniciamos un diálogo sin palabras y ella me cuenta historias de su vida. Historias que vienen con una carga emocional muy grande. Curiosamente, las emociones no me perturban ni me cambian el ánimo. El dolor y la alegría se sienten profundamente pero no tienen aquella tensión perturbadora y distorsionante de las emociones comunes.
 Comienzo  a contarle la historia de mi vida. Nos entendemos. Luego entramos en una aceleración supersónica. Como si en un segundo pudieran caber tres años. Pero no solamente eso: además de comprimir en un segundo tres años lo que expresamos es de una nitidez nunca lograda en el lenguaje común. Mientras ella me relata una parte de su vida y yo le cuento simultáneamente otra de la mía, los dos seguimos los relatos sin parar de dialogar. Nuestros diálogos suceden a  una gran velocidad. Cuando su historia es triste y se cruza con una mía alegre, las emociones de alegría y tristeza se entremezclan. El resultado es una sensación para mí totalmente desconocida, pero que me da profunda plenitud. Y podemos unir la alegría y el dolor en una síntesis nueva, maravillosa.
La velocidad va aumentando y llega un momento en que toda nuestra comunión cabe en segundos. No pierde claridad, continuidad, ni sentido. Súbitamente noto que ella está entrando en un estado que se diluye en puntos iridiscentes y cada uno de esos puntos siguen siendo ella. Se despedía.

José Bullaúde








Tuesday, May 07, 2013

Ancile: LA BICICLETA, DE PASTOR AGUIAR

Ancile: LA BICICLETA, DE PASTOR AGUIAR: Volvemos a traer a la sección de Narrativa del blog Ancile, el pulso singular, ágil, vívido, diligente y desembarazado de Pastor Aguiar. E...

Thursday, May 02, 2013

Ancile: AMISTAD Y POESÍA, CON JENIFFER MOORE

Ancile: AMISTAD Y POESÍA, CON JENIFFER MOORE: Inauguramos una nueva sección del blog Ancile intitulada Amistad y Poesía , y lo hacemos con un poema de la poeta argentina y afincada en Mi...

Wednesday, April 24, 2013

Thursday, April 18, 2013

Monday, April 15, 2013

Thursday, April 04, 2013

EN POETAS INVITADOS DEL BLOG ANCILE: NORA NANI (Argentina)

Ancile: EN POETAS INVITADOS DEL BLOG ANCILE: NORA NANI: Traemos con mucho gusto  a la sección de Poetas invitados del blog Ancile, a la poeta nacida en la ciudad de Leones, Argentina, Nora Nani....

Tuesday, April 02, 2013

Ancile: A TRAVÉS DE LOS SUEÑOS, DE PASTOR AGUIAR

Ancile: A TRAVÉS DE LOS SUEÑOS, DE PASTOR AGUIAR: Tenemos nuevamente el placer de contar en nuestro blog Ancile con la extraordinaria capacidad narrativa del escritor, poeta y ya indiscutibl...

Wednesday, March 27, 2013

Tuesday, March 26, 2013

Relato con título al final, de José Bullaude (Argentina)


Para este relato tengo dos títulos. No quiero optar por uno. Por eso, puse uno al comienzo y otro al final. Sé que el del final no debiera llamarse titulo, sería un error. A quien corresponda, pido disculpas.
El primer título es el siguiente:

EL ÁNGEL DE LAS FRONTERAS

Esta historia empieza en un curso que di sobre “Bases de la Comunicación Humana para Médicos Rurales” en el Ministerio de Salud Publica de la Argentina. Fue en Abril de 1960 y siguió así…

Martes 12 de Junio de 1960 – 8:00hs

Son las 8 de la mañana. Aterrizo en Puerto Iguazú. Una de las alumnas del curso, la Doctora Marta Swartz, me espera. Permaneceré aquí unos días para conocer su labor.
 
Martes  – 10:00hs

Al llegar me alojaron en la Unidad Sanitaria. Empecé a recorrerla y conocer su funcionamiento, su gente, su proyección en la comunidad.
Debo confesar que no conocí nada igual en todas las otras que visite en la Argentina. La Doctora Marta, logró que la gente se integrara a la Unidad como si fueran parte de ella. Porque si están enfermos, reciben atención médica, medicamentos y normas para conservar la salud y prevenir la enfermedad. Pero también pueden participar y retribuir lo recibido solamente con trabajo o con horas de dedicación. Nunca jamás con dinero.
Llega un curandero amigo de la doctora. Me lo presenta. Pide ayuda para su comunidad que vive en la selva, le promete que irá con él. Los curanderos y ella se ayudan mutuamente. La doctora, con su política de buena vecindad se lleva bien con los curanderos, siempre que estos no sean aprovechadores de los pacientes. Esto forma parte de su política de buena vecindad con todo el mundo.  
    A caballo, se internan en la selva Marta Swartz con el curandero y dos indígenas, para visitar a los indígenas enfermos.
   Dos jóvenes indígenas, uno de 18 años y otro de 20 reparan, arman y crean cualquier cosa, con gran capacidad. Hace un año, la Doctora Marta los contrató como “limpia pisos”. Pero al ver su capacidad, los empezó a preparar como enfermeros. Ella dice “saldrán muy buenos”.
       Me invitan a conocer la pequeña ciudad llamada Puerto Iguazú, la de las “tres fronteras”. Allí, conviven armónicamente el guaraní de los paraguayos, el portugués de los brasileños, el “che” y el “vos” de los argentinos. 
   También me llevan a conocer las cataratas del Iguazú y su increíble y única “garganta del diablo”. Es un lugar de las cascadas, donde se juntan tres corrientes que vierten sus aguas en una especie de tubo altísimo. El agua cae simultáneamente desde los tres costados con aproximadamente 500 metros de altura y pareciera, que al caer, son como cordilleras de agua precipitándose al vacío con pedazos de montaña que chocan entre sí con un estruendo que hace tapar los oídos. Me dijeron que hay gente que apenas aguanta el primer día, no el segundo del ruido infernal y se va. Me dijeron también que algunos enloquecidos por ese ruido que no cesa las 24 horas terminaron arrojándose al torbellino. Y hasta hubo un caso de una persona que, enloquecida, quiso sumergirse en las aguas turbulentas para conocer los secretos más profundos del ser humano.
     Cuando volví a la Unidad, llevaba en mi cuerpo, mi cabeza, en las manos, la vibración tremenda de esa caída de agua en el mundo.

Miércoles – 12:00hs

Estoy abrumado por la cantidad de cosas positivas que voy descubriendo en la Unidad Sanitaria y su relación con la comunidad.
El hecho de que a Marta le digan cariñosamente “El Ángel de las fronteras” significa que su labor no es solamente técnica, sino que también tiene un gran valor humano. Ella atiende por igual a paraguayos, brasileños y argentinos, sin distinción.

Miércoles  – 13:35hs

  Esperando el regreso de la doctora, busco para charlar, a un joven médico. El asistente Mayer, que llegó hace un mes a la Unidad. Mientras dos jóvenes indígenas que trabajan hace un año allí, están arreglando una puerta. Lo hacen con gran capacidad y creatividad.
Estamos hablando, cuando de pronto, una chiquilina viene desesperada diciendo que “la madre está muy enferma”.
El doctor Mayer le dice:
-   Voy enseguida.
  Los hermanos indígenas dicen:
-   Doctor, es muy lejos, en bicicleta no puede ir. Usted no conoce el camino, se puede perder. Nosotros lo podemos llevar, así no se cansa.
  Yo pienso: ¿llevarlo? ¿Cómo? ¿Al hombro? No, ¿En andas? Tampoco. Estoy pensando, cuando uno de los dos hermanos le dice:
-   Doctor lo llevamos en bote.
Pienso más intrigado: ¿en bote? ¿Cómo?
  Ellos inmediatamente dicen:
-   Vamos doctor, lo llevamos.


A CINCO CUADRAS, LA GARGANTA ESPERA

No estando tan seguro de cómo lo llevarían, Mayer me mira. Su mirada me está pidiendo ayuda. Me da lástima dejarlo solo y le digo:
-        Doctor, voy con usted.
Llegamos a la orilla del río… vemos el bote de los hermanos atado a una estaca. Como bote ¡da pena! Es un rejunte de partes disímiles, ensambladas. Es de fondo plano, un tablón como asiento y dos palos largos. Éstos sirven como instrumentos de conducción.  Uno de ellos está en la proa y otro en la popa. Sorprendido, miro a Mayer. Mi sorpresa está justificada porque  al terminar, el río a quinientos metros ruge adelante sacudiendo el aire, los oídos y el cerebro. Es la  Garganta del Diablo, su ruido atronador pareciera la explosión simultánea de cien bombas de combate. Tímidamente pregunto, esperando que digan que no.
-   ¿En este bote vamos a cruzar a la orilla de enfrente?
Los dos hermanos, al unísono, responden:
-   ¡Claro! nosotros lo hacemos todos los días. Vivimos en la otra orilla.
Uno de ellos se sube al bote, se ubica en la proa apoyando el largo palo en el fondo del río y el otro nos invita a subir, ayudándonos con la mano.
Al fondo, la Garganta del Diablo ruge, para mí, más potente.

Mayer me mira, yo lo miro. Nos despedimos, porque nos llevan al cadalso…  Nos ubicamos en el tablón precario. Los hermanos se ubican: uno en la proa y otro en la popa.  Entre los dos, con los palos, empiezan a hacer avanzar el bote. Uno hunde al palo para avanzar, el otro hunde el palo para dirigir…
El fondo del río está a la vista con sus piedras y su arena. Resulta difícil de creer, que las aguas de ese río tan calmo, tan lento, al terminar se transforman en el infierno que es la llamada “garganta del diablo”.
      Se dan cuenta de nuestro gran miedo. Empiezan a explicarnos cómo navegan. Intentan calmarnos.

EL RÍO, ¿HABLA?

-   Mire doctor, ¿ve ese remolino?, mi abuelo, que era indio, le enseñó a mí padre, y mi padre me enseñó a mí: hay que entender el idioma del río. Él nos habla y nos dice por dónde debemos ir. Habla en remolinos y nos dice “sigan por aquí, paren aquí, vuelvan por acá, por aquí no se pasa, apuren ahora, quédense quietos…”. El río lo dice todo, siguió explicándonos el joven. Los indios conocían el idioma del río, nosotros no tanto como ellos, pero lo suficiente como para cruzar y seguir vivos.
-   Hubo alguna gente, dice el mayor de los muchachos, que quiso cruzar sin conocer el idioma del río. Desgraciadamente terminaron allá. -Y señala al fondo donde está La Garganta. Con gesto de pena-.
   Y aunque los indios fueran geniales, yo pienso que el bote, en un descuido, puede caer en el abismo. Yo admiro la sabiduría indígena, pero mientras vivo el peligro, el miedo es mayor que la admiración.
   El bote está saliendo de un remolino… no puede ser… enfila hacia La Garganta, ¡lo que me temía!, sigue… sigue hacia… La Garganta..., los muchachos están tranquilos, pero Mayer y yo, estamos muy asustados. Muy pero muy asustados. El rugido me golpea todo el cuerpo.
   Dejan correr el bote sin preocuparse… para nosotros, es la eternidad. ¡Y nos estamos yendo! … el bote sigue.
   Ahora el de la proa clava bruscamente su palo y lo sujeta con fuerza. El bote empieza a dar media vuelta, ayudado por los movimientos del  muchacho de la popa. El de la proa suelta el palo bruscamente y el bote se encamina hacia la orilla impulsado por el otro indígena desde la popa.
   Mayer está lívido, yo también. Respiro profundamente, me voy calmando.   
Y pienso, qué vueltas tiene la vida. Vine a conocer la Unidad Sanitaria y el trabajo de la Doctora Marta Swartz y estoy en esta aventura. Estoy metido en este peligro que me puede costar la vida. Todo porque no quise dejar solo a Mayer. Así, de esta forma absurda, terminan muchas vidas.
Mayer y yo ya estamos calmados, el bote se dirige a la orilla, eso nos tranquiliza.
Comenzamos a observar atentos los remolinos de la superficie del río, unos son más grandes, otros más chicos, unos giran en un sentido, otros en otro. Sin duda que interpretar esos remolinos y esos giros era conocer el secreto necesario para cruzar de una orilla a otra del río. Los indígenas, lo conocen muy bien. Es por eso, que nosotros hoy, no fuimos a parar a La Garganta.
  Ahora estamos  pisando tierra en la otra orilla. Es un alivio para mí y para Mayer. Esto para nosotros es volver a vivir.
  El comentario de los chicos es: “Tienen que confiar más en la sabiduría indígena”. Se dirigen a nosotros, los incrédulos.
          Ellos están acomodando el bote, Mayer me dice:
-   Estoy espantado por el desprecio de la vida de estos jóvenes. ¡No les importa morir!
-   Yo también pienso que no les importa morir, hay que tener en cuenta que ellos son indígenas y creen en la sabiduría de sus antepasados. Por eso están tranquilos ante el peligro. Nosotros somos de otra cultura, no creemos en lo que ellos creen, por eso entramos en pánico.
-   No estoy seguro, dice Mayer, no pienso lo mismo. Son fatalistas. Ellos piensan “nadie se muere un día antes”. “No valoran la vida, no la valoran”, repitió desdeñosamente.
  
¿MÉDICO? SOY SIEMPRE

   Terminó la visita médica, estamos de vuelta en la orilla del río. Debemos cruzar de nuevo en el bote. Mayer me dice:
-   ¿Y si a uno de los dos le da un infarto en medio del río?
  Le digo:
_ Mayer, es un pensamiento de médico que yo nunca tengo_.
_ Medico soy siempre_ me contesta.
Y agrego:
_ Nunca fui ateo, ahora, más que nunca confío en Dios_.
_ Bueno, yo también_ contestó y nos embarcamos. El cruce fue con situaciones que prefiero olvidar.
Ya estamos en la otra orilla, Mayer me mira y dice con picardía:
_ Si hubiéramos sido ateos ¿también hubiéramos llegado?_

   Estamos de vuelta en la Unidad Sanitaria.
  La Doctora regresó. Está en la caballeriza desensillando. Son las 17:00 horas. De todas las experiencias raras de mi vida, ésta es la única que, cuando la cuento, no me creen. Me dicen que la invento. Lo más notable es, que lo que para mí, fue una hazaña increíble, para ellos fue la rutina diaria.
_ ¿No pueden cruzar de otra manera?_ Les pregunté.
_ ¿Qué quiere, que caminemos treinta cuadras de ida y vuelta para venir a trabajar?

En esta última afirmación de los indígenas nace el segundo y último título:
Lo que para ellos es rutina, para mí, es una hazaña.


Prof. José Bullaude
Buenos Aires, Argentina.